Txirula, una voz dentro de la comunidad
Hay instrumentos que parecen haber sido hechos para ser contemplados y otros que sólo adquieren plenamente su sentido cuando entran en relación con un cuerpo, con un espacio y con una comunidad. La txirula pertenece a estos últimos. Es pequeña, casi humilde: una flauta de pico de madera, generalmente de boj, que cabe en una mano y que apenas tiene tres agujeros. Vista fuera de su contexto podría parecer un objeto sencillo, incluso rudimentario. Pero la antropología de los instrumentos tradicionales nos obliga a mirar de otra manera. Un instrumento no es solamente aquello que produce un sonido. Es también aquello que permite hacer determinadas cosas con otras personas. Sirve para bailar, para convocar, para acompañar, para marcar el tiempo de una celebración, para reconocer un territorio y, en ocasiones, para mantener unida una memoria colectiva.
La txirula pertenece precisamente a ese tipo de objetos cuya verdadera dimensión sólo aparece cuando dejamos de observarla aisladamente. Su historia está vinculada a una determinada manera de habitar el territorio, de reunirse y de celebrar. Sus diferentes nombres —txirula, xirula, txülüla— forman parte de una geografía lingüística que desborda las fronteras políticas contemporáneas y nos recuerda que las culturas tradicionales no se distribuyen necesariamente según las líneas que aparecen en los mapas administrativos. Su presencia está especialmente asociada a Zuberoa, pero su historia participa de una familia mucho más extensa de pequeñas flautas populares que durante siglos acompañaron la vida comunitaria en diferentes regiones europeas.
Su origen se pierde en una profundidad temporal que sólo podemos reconstruir parcialmente. Las flautas de hueso encontradas en la cueva de Isturitz nos hablan de una antigüedad extraordinaria de la práctica musical en este territorio. Pero sería un error convertir ese hallazgo en una genealogía directa y afirmar que aquellas flautas son las antepasadas de la txirula actual. La arqueología no permite establecer una continuidad semejante. Lo que sí permite es algo quizá más interesante: comprender que la necesidad humana de transformar el aliento en sonido, y de utilizar ese sonido dentro de actividades colectivas, pertenece a una historia muchísimo más antigua que cualquier identidad cultural moderna.
La continuidad, por tanto, no debe buscarse necesariamente en el objeto, sino en determinadas necesidades humanas. Durante miles de años las comunidades han producido instrumentos pequeños, manejables y capaces de acompañar el movimiento. Una flauta que puede tocarse con una sola mano ofrece además una posibilidad fundamental: dejar la otra disponible para marcar el ritmo. En la txirula esta lógica alcanzó una expresión especialmente característica en su asociación con el ttunttun, el tambor de cuerdas que podía acompañar la melodía mientras el mismo músico tocaba la flauta.
Hay en esa combinación algo más que una solución técnica. Hay una determinada economía social de la música. Una sola persona puede producir dos dimensiones fundamentales del acontecimiento sonoro: melodía y ritmo. No necesita una agrupación numerosa, ni un escenario, ni una división estricta entre intérpretes. El músico puede desplazarse con los demás participantes y hacer que la música forme parte del propio movimiento de la comunidad.
Esta cuestión resulta fundamental para comprender la txirula. En las sociedades contemporáneas solemos pensar la música como una actividad separada: alguien interpreta y otros escuchan. Existen escenarios, músicos, público, repertorios y obras. La música puede convertirse incluso en un objeto de consumo que se escucha independientemente del contexto para el que fue creada. Pero la txirula pertenece en buena medida a una concepción diferente. Su música no nació necesariamente para ser escuchada como una pieza autónoma. Estaba vinculada a una acción.
Y esa acción era, sobre todo, el movimiento colectivo.
La txirula pertenece al mundo de la danza porque buena parte de su sentido está inscrito en el cuerpo de quienes bailan. Su repertorio no puede comprenderse completamente si se separa de los pasos, de las secuencias, de las entradas y salidas, de los cambios de ritmo y de las formas en que los bailarines ocupan el espacio. La música no acompaña simplemente a la danza como una decoración sonora. Participa en su organización. Marca el tiempo dentro del cual los cuerpos pueden moverse.
Desde esta perspectiva, podríamos decir que la txirula no produce solamente música: produce una determinada forma de tiempo social.
Su sonido agudo y penetrante adquiere entonces un significado que no tiene cuando lo escuchamos aislado en una habitación. En el espacio abierto, en una plaza o durante una celebración, su timbre cumple una función concreta. Tiene que atravesar la distancia, imponerse a las conversaciones, llegar hasta quienes se encuentran desplazándose. Lo que para un oído contemporáneo puede parecer una sonoridad áspera o excesivamente brillante puede entenderse, desde su contexto, como una cualidad funcional. La txirula no fue diseñada para crear intimidad acústica. Necesitaba hacerse presente en el espacio común.
Esto nos recuerda algo esencial: los sonidos también pertenecen a los lugares.
No existe una música completamente separada del espacio social que la produce. Cada comunidad construye, consciente o inconscientemente, un paisaje sonoro. Hay sonidos de la casa y sonidos de la calle, sonidos del trabajo y sonidos de la fiesta, sonidos que anuncian determinados momentos del calendario y sonidos que pertenecen a ciertos grupos o generaciones. En ese paisaje, la txirula no era simplemente un instrumento entre otros. Era uno de los sonidos mediante los cuales una comunidad podía reconocerse a sí misma.
En Zuberoa esta dimensión se hace especialmente visible en las mascaradas. Allí música, danza, representación, desplazamiento, personajes y comunidad no constituyen elementos independientes que después se reúnen para formar un espectáculo. Forman parte de un mismo acontecimiento. La música organiza el movimiento; el movimiento transforma el espacio; los personajes intervienen en la representación; el público no permanece necesariamente fuera de ella. La frontera entre quien actúa y quien contempla puede hacerse más permeable que en las formas modernas de espectáculo.
La txirula debe situarse dentro de esa lógica.
No es simplemente el instrumento que toca mientras los demás hacen cosas. Forma parte del mecanismo social mediante el cual esas cosas pueden suceder.
Y aquí aparece una diferencia fundamental respecto a nuestra concepción moderna de la música. Para nosotros una melodía puede existir como una obra independiente de la situación en que se interpreta. Podemos escribirla, grabarla, reproducirla cientos de veces y escucharla en cualquier lugar. En una tradición oral, en cambio, el conocimiento musical está mucho más estrechamente ligado a los cuerpos y a las situaciones que lo activan. Saber una melodía no significa necesariamente saber tocarla en abstracto. Significa también saber cuándo tocarla, para quién, con qué ritmo, asociada a qué danza y dentro de qué momento de la celebración.
El conocimiento musical es, por tanto, conocimiento social.
El txirulari no transmite únicamente notas. Transmite una manera de participar en la comunidad. Aprende cuándo comienza una determinada música, cómo debe articularla, cómo relacionarla con el movimiento de los bailarines y cómo reconocer las pequeñas variaciones que permiten adaptar la interpretación a una situación concreta. Una parte de ese conocimiento difícilmente puede quedar recogida en una partitura porque pertenece al cuerpo y a la experiencia.
La antropología llama nuestra atención precisamente sobre esas dimensiones que con frecuencia desaparecen cuando describimos una tradición únicamente desde sus objetos. Podemos conservar una txirula en un museo y haber perdido, sin embargo, una parte esencial de aquello que hacía de ella un instrumento vivo. La madera puede permanecer; la práctica puede desaparecer.
Lo mismo ocurre con el sonido.
La afinación tradicional de la txirula no tiene por qué coincidir con las exigencias de la música temperada moderna. Sus intervalos, sus pequeñas diferencias y las particularidades de cada instrumento pertenecen a una concepción del sonido en la que la música no está completamente separada de la materialidad que la produce. El instrumento no es una máquina destinada a reproducir exactamente una frecuencia ideal. Es un objeto construido por unas manos, tocado por otras y transmitido dentro de una tradición concreta.
La madera, el aire, los dedos y la respiración forman parte de la música.
Esta cuestión puede parecer secundaria desde una perspectiva estrictamente musical, pero resulta central desde una perspectiva antropológica. En muchas culturas tradicionales, el conocimiento no está almacenado únicamente en libros o partituras. Está depositado en los cuerpos. Se sabe cómo hacer algo porque se ha visto, se ha repetido, se ha corregido y se ha incorporado mediante la práctica. El cuerpo se convierte en archivo.
También por eso la desaparición de una tradición musical no consiste simplemente en dejar de tocar unas determinadas melodías. Puede implicar la pérdida de gestos, técnicas, formas de respiración, maneras de construir instrumentos, vocabularios, repertorios y relaciones sociales que difícilmente pueden reconstruirse una vez interrumpida la cadena de transmisión.
La txirula experimentó precisamente esa amenaza cuando cambió el mundo social en el que había vivido.
La modernidad no llegó únicamente con nuevas ideas o nuevas formas de organización política y económica. Llegó también como transformación del paisaje sonoro. Aparecieron instrumentos capaces de producir mayor volumen, mayor extensión melódica y nuevas posibilidades armónicas. El acordeón, la clarineta, los instrumentos de metal y las nuevas formaciones musicales respondían a otras necesidades sociales. Podían acompañar nuevos tipos de baile, nuevas formas de ocio y nuevas maneras de ocupar las plazas y los espacios festivos.
No se trataba simplemente de que unos instrumentos fueran musicalmente mejores que otros.
Había cambiado la sociedad que decidía qué sonidos necesitaba.
Esta distinción es importante porque evita contar la historia de la txirula como una simple sucesión de instrumentos en la que lo moderno sustituye a lo antiguo por ser técnicamente superior. Las culturas no abandonan sus objetos únicamente porque aparezcan objetos mejores. Los abandonan también cuando cambian las prácticas que les daban sentido.
Mientras determinadas danzas necesitaron determinadas músicas, mientras existieron determinadas formas de celebración y mientras hubo personas que reconocían en ellas una parte de su vida común, la txirula tuvo una función. Cuando esas prácticas comenzaron a transformarse, también se transformó la necesidad del instrumento.
Un instrumento tradicional puede sobrevivir físicamente mucho después de haber dejado de ser socialmente necesario.
Y ése es uno de los momentos más delicados de cualquier tradición.
Porque la transmisión cultural depende de una cadena de necesidades. Alguien aprende porque alguien enseña; alguien enseña porque existe una ocasión en la que tocar; la comunidad reconoce esa música porque forma parte de una experiencia compartida. Cuando una pieza de la cadena desaparece, las demás empiezan a debilitarse.
Durante el siglo XX, la txirula perdió parte de ese espacio cotidiano. Pero entonces ocurrió una transformación que encontramos con frecuencia en las culturas tradicionales: aquello que había sido una práctica ordinaria empezó a convertirse en patrimonio.
Y convertirse en patrimonio significa cambiar de régimen cultural.
Una práctica que antes se realizaba sin preguntarse por su supervivencia empieza a ser observada, documentada, enseñada y protegida precisamente porque existe el temor de que pueda desaparecer. Aparecen asociaciones, escuelas, archivos, grabaciones, investigaciones y proyectos de recuperación. La tradición empieza a mirarse a sí misma.
Ésta es una de las paradojas más profundas del patrimonio cultural: muchas veces comenzamos a conservar algo cuando deja de ser completamente espontáneo.
La txirula vive hoy dentro de esa paradoja. Ya no pertenece exclusivamente al mundo social que la produjo, pero tampoco es una pieza arqueológica. Continúa siendo interpretada, continúa vinculada a la danza y a la tradición suletina, continúa siendo construida y puede entrar en nuevos contextos musicales. Su supervivencia, por tanto, no consiste en regresar al pasado, porque ese pasado social ya no existe de la misma manera.
Lo que está en juego es otra cosa: la capacidad de una comunidad para hacer que un elemento heredado vuelva a adquirir significado.
Por eso conservar la txirula no puede reducirse a conservar instrumentos.
Hay que conservar relaciones.
La relación entre músico y bailarín. Entre constructor e intérprete. Entre melodía y fiesta. Entre sonido y territorio. Entre generaciones. Incluso entre el instrumento y el calendario social que determina cuándo debe sonar.
Una tradición permanece viva cuando todavía existen situaciones en las que su conocimiento puede ponerse en práctica.
De ahí que el futuro de la txirula no dependa necesariamente de que vuelva a ocupar exactamente el lugar que ocupaba hace siglos. Intentar reproducir artificialmente aquel mundo podría convertir la tradición en una escenificación de sí misma. Las sociedades cambian y las tradiciones cambian con ellas. Lo que importa no es impedir esa transformación, sino evitar que la transformación rompa completamente la memoria de la que procede.
La txirula puede ser antigua y contemporánea al mismo tiempo.
Puede dialogar con el acordeón, con el violín, con otros instrumentos tradicionales o con la música experimental. Puede aparecer en composiciones nuevas, en proyectos de investigación sonora o en creaciones que exploren las posibilidades tímbricas de la flauta. Puede incluso abandonar temporalmente la función que tuvo históricamente y convertirse en materia para otras formas musicales.
Pero existe una diferencia entre transformar una tradición y utilizarla como simple signo.
Si la txirula se emplea únicamente porque su timbre produce una rápida asociación con lo vasco, puede convertirse en una especie de emblema sonoro vacío. En ese caso sobrevive el sonido, pero desaparece el conocimiento. La cultura se reduce a una marca reconocible.
El desafío consiste en otra cosa: hacer que el instrumento pueda producir significados nuevos sin perder completamente las relaciones que explican su existencia.
Para eso hace falta conocerlo.
Conocer no significa únicamente aprender a tocar sus melodías. Significa comprender qué cuerpos las bailaban, en qué espacios sonaban, quién construía los instrumentos, cómo se transmitían, qué lugar ocupaban dentro de la fiesta y qué transformaciones sociales explican su actual condición de patrimonio.
Sólo entonces la innovación puede convertirse en continuidad y no simplemente en apropiación estética.
Quizá ésta sea una de las grandes lecciones que ofrece la txirula. Las tradiciones culturales no son objetos inmóviles que pasan intactos de una generación a otra. Son procesos de negociación entre memoria y presente. Cada generación recibe algo que no ha creado y decide, de una manera más o menos consciente, qué hacer con ello. Puede abandonarlo, repetirlo, transformarlo o darle un significado nuevo.
La txirula ha atravesado varias de esas transformaciones.
Fue herramienta de una práctica comunitaria; después, sonido característico de un territorio; más tarde, instrumento desplazado por nuevas formas musicales; finalmente, objeto de recuperación, memoria y creación.
Pero en todas esas etapas ha permanecido una misma cuestión: la relación entre sonido y comunidad.
Por eso su pequeño tamaño resulta engañoso. Dentro de unos pocos centímetros de madera caben formas de organizar el tiempo, de ocupar el espacio, de reunirse y de reconocerse. Cabe una parte de la historia social de un territorio.
Cuando una txirula vuelve a sonar durante una danza, no regresa el pasado. El pasado no vuelve. Lo que sucede es algo más interesante: una práctica perteneciente a otro tiempo vuelve a encontrar cuerpos presentes capaces de darle existencia.
El músico respira.
Los dedos abren y cierran los pequeños agujeros.
El aire se convierte en sonido.
El sonido encuentra el cuerpo del bailarín.
Y durante unos instantes, una memoria que parecía pertenecer únicamente a los libros vuelve a convertirse en una práctica.
Quizá ésa sea, en último término, la verdadera supervivencia de una tradición: no que permanezca idéntica, sino que siga siendo capaz de establecer relaciones entre personas.
Mientras haya alguien que construya una txirula, alguien que conozca su música, alguien que quiera aprenderla y alguien cuyo cuerpo todavía pueda responder a su ritmo, el instrumento continuará siendo algo más que un objeto heredado.
Seguirá siendo una forma de memoria social.
Y quizá ahí resida su fuerza: en que una pequeña flauta de tres agujeros pueda recordarnos que la cultura nunca está únicamente en las cosas que conservamos, sino en aquello que todavía somos capaces de hacer juntos.
Txirula, ahots bat komunitate barruan
Badira behatuak izateko eginak diruditen tresnak eta badira guztiz zentzua hartzen dutenak gorputz batekin, espazio batekin eta komunitate batekin harremanetan sartzen direnean. Txirula azken horietakoa da. Txikia da, ia apala: egurrezko moko-txirula bat, normalean ezpelez egina, esku batean sartzen dena eta ia hiru zulo besterik ez dituena. Bere testuingurutik kanpo ikusita objektu sinplea, baita oinarrizkoa ere, irudi lezake. Baina tresna tradizionalen antropologiak beste modu batera begiratzera behartzen gaitu. Tresna bat ez da soinua sortzen duena bakarrik. Beste pertsona batzuekin gauza jakin batzuk egitea ahalbidetzen duena ere bada. Dantzatzeko, deitzeko, laguntzeko, ospakizun baten denbora markatzeko, lurralde bat ezagutzeko eta, batzuetan, memoria kolektibo bat elkartuta mantentzeko balio du.
Txirula, hain zuzen ere, bakartuta behatzeari uzten diogunean bakarrik agertzen den benetako dimentsioa duten objektu mota horretakoa da. Haren historia lurraldean bizitzeko, elkartzeko eta ospatzeko modu jakin bati lotuta dago. Haren izen desberdinak —txirula, xirula, txülüla— gaur egungo muga politikoak gainditzen dituen geografia linguistiko baten parte dira eta gogorarazten digute kultura tradizionalak ez direla nahitaez mapa administratiboetan agertzen diren lerroen arabera banatzen. Haren presentzia bereziki Zuberoarekin lotuta dago, baina haren historiak Europako hainbat eskualdetan mendeetan komunitatearen bizitza lagundu zuten herri-txirula txikien familia askoz zabalago batean hartzen du parte.
Haren jatorria neurri batean bakarrik berreraiki dezakegun denborazko sakontasun batean galtzen da. Isturitzeko koban aurkitutako hezurrezko txirulek lurralde honetan musika-praktikaren antzinatasun apartekoaz hitz egiten digute. Baina akats bat litzateke aurkikuntza hori zuzeneko genealogia bihurtzea eta txirula haiek egungo txirularen arbasoak direla baieztatzea. Arkeologiak ez du horrelako jarraitutasun bat ezartzea ahalbidetzen. Aukera ematen diguna, agian interesgarriagoa den zerbait da: ulertzea arnasa soinu bihurtzeko eta soinu hori taldeko jardueren barruan erabiltzeko gizakiaren beharra edozein identitate kultural moderno baino askoz historia zaharrago batekoa dela.
Jarraitutasuna, beraz, ez da nahitaez objektuan bilatu behar, baizik eta giza behar jakin batzuetan. Milaka urtez komunitateek tresna txikiak, erabilerrazak eta mugimendua laguntzeko gai zirenak sortu dituzte. Esku bakar batekin jo daitekeen txirula batek, gainera, oinarrizko aukera bat eskaintzen du: beste eskua libre uztea erritmoa markatzeko. Txirularen kasuan, logika horrek adierazpen bereziki bereizgarria hartu zuen ttunttunarekin izan zuen loturan, txirula jotzen zuen musikari berak melodiarekin batera eraman zezakeen soka-danborrarekin.
Konbinazio horretan badago zerbait irtenbide tekniko bat baino gehiago dena. Musikaren ekonomia sozial jakin bat dago. Pertsona bakar batek soinu-gertakariaren funtsezko bi dimentsio sor ditzake: melodia eta erritmoa. Ez du talde handi baten beharrik, ezta eszenatoki baten beharrik ere, ezta interpreteen arteko banaketa zorrotz baten beharrik ere. Musikaria gainerako parte-hartzaileekin batera mugi daiteke eta musikak komunitatearen mugimenduaren beraren parte izatea eragin.
Gai hori funtsezkoa da txirula ulertzeko. Gizarte garaikideetan musika jarduera bereizi gisa pentsatu ohi dugu: norbaitek interpretatu eta beste batzuek entzun egiten dute. Eszenatokiak, musikariak, publikoa, errepertorioak eta obrak daude. Musika kontsumo-objektu ere bihur daiteke, sortu zen testuingurutik independentean entzuten dena. Baina txirula, neurri handi batean, beste ikusmolde batekoa da. Haren musika ez zen nahitaez pieza autonomo gisa entzuteko jaio. Ekintza bati lotuta zegoen.
Eta ekintza hori, batez ere, taldearen mugimendua zen.
Txirula dantzaren mundukoa da, haren zentzuaren zati handi bat dantzan ari direnen gorputzean inskribatuta dagoelako. Haren errepertorioa ezin da erabat ulertu urratsetatik, sekuentzietatik, sarrera eta irteeretatik, erritmo-aldaketetatik eta dantzariek espazioa hartzeko duten moduetatik bereizten bada. Musikak ez dio dantzari soinu-dekorazio gisa laguntzen soilik. Haren antolaketan parte hartzen du. Gorputzak mugitu ahal izateko denbora markatzen du.
Ikuspegi horretatik, esan genezake txirulak ez duela musika bakarrik sortzen: denbora sozialaren forma jakin bat sortzen du.
Haren soinu zorrotz eta sarkorrak beste esanahi bat hartzen du isolatuta gela batean entzuten dugunean ez duen esanahia. Aire zabalean, plaza batean edo ospakizun batean, haren tinbreak funtzio zehatz bat betetzen du. Distantzia zeharkatu behar du, elkarrizketen gainetik nagusitu, mugitzen ari direnen artean iritsi. Gaur egungo belarriarentzat soinu zakarra edo distira gehiegikoa dirudiena, bere testuingurutik ulertuta, ezaugarri funtzional gisa uler daiteke. Txirula ez zen intimitate akustikoa sortzeko diseinatu. Espazio komunean presente egin behar zuen.
Horrek funtsezko zerbait gogorarazten digu: soinuak ere lekuetakoak dira.
Ez dago soinua sortzen duen gizarte-espaziotik erabat bereizitako musikarik. Komunitate bakoitzak, kontzienteki edo inkontzienteki, soinu-paisaia bat eraikitzen du. Etxeko soinuak eta kaleko soinuak daude, laneko soinuak eta festako soinuak, egutegiko une jakin batzuk iragartzen dituzten soinuak eta talde edo belaunaldi jakin batzuetakoak diren soinuak. Paisaia horretan, txirula ez zen beste batzuen arteko tresna bat soilik. Komunitate batek bere burua ezagutzeko erabiltzen zituen soinuen artean bat zen.
Zuberoan dimentsio hori bereziki ikusgarria egiten da maskaradetan. Han musika, dantza, antzezpena, desplazamendua, pertsonaiak eta komunitatea ez dira elementu independenteak, gero bildu eta ikuskizun bat osatzen dutenak. Gertakari beraren parte dira. Musikak mugimendua antolatzen du; mugimenduak espazioa eraldatzen du; pertsonaiek antzezpenean parte hartzen dute; publikoa ez da nahitaez haren kanpoan geratzen. Antzezten duenaren eta begiratzen duenaren arteko muga modernoetan baino iragazkorragoa bihur daiteke.
Txirula logika horren barruan kokatu behar da.
Ez da besteek gauzak egiten dituzten bitartean jotzen duen tresna soilik. Gauza horiek gertatu ahal izateko mekanismo sozialaren parte da.
Eta hemen agertzen da funtsezko desberdintasun bat musikaren gure ikuskera modernoarekiko. Guretzat melodia bat interpretatzen den egoeratik independentea den obra gisa existi daiteke. Idatz dezakegu, grabatu, ehunka aldiz erreproduzitu eta edozein lekutan entzun. Ahozko tradizio batean, aldiz, ezagutza musikala askoz estuago lotuta dago hura aktibatzen duten gorputzei eta egoerei. Melodia bat jakiteak ez du nahitaez esan nahi abstraktuan jotzen jakitea. Noiz jo behar den, norentzat, zein erritmorekin, zein dantzari lotuta eta ospakizunaren zein uneren barruan jo behar den jakitea ere esan nahi du.
Ezagutza musikala, beraz, ezagutza soziala da.
Txirulariak ez ditu notak bakarrik transmititzen. Komunitatean parte hartzeko modu bat transmititzen du. Musika jakin bat noiz hasten den, nola artikulatu behar duen, dantzarien mugimenduarekin nola lotu eta interpretazioa egoera zehatz batera egokitzeko aukera ematen duten aldaketa txikiak nola ezagutu ikasten du. Ezagutza horren zati bat nekez jaso daiteke partitura batean, gorputzari eta esperientziari baitagokio.
Antropologiak, hain zuzen ere, objektuetatik soilik deskribatzen dugunean tradizio bat desagertzen diren dimentsio horietan jartzen du gure arreta. Txirula bat museo batean gorde dezakegu eta, hala ere, haren tresna bizi bihurtzen zuenaren funtsezko zati bat galdu. Egurrak iraun dezake; praktika desagertu.
Gauza bera gertatzen da soinuarekin.
Txirularen afinazio tradizionalak ez du zertan bat egin musika temperatu modernoaren eskakizunekin. Haren tarteak, desberdintasun txikiak eta tresna bakoitzaren berezitasunak soinua sortzen duen materialtasunetik erabat bereizita ez dagoen soinuaren ikuskera baten parte dira. Tresna ez da maiztasun ideal bat zehaztasunez erreproduzitzeko makina bat. Esku batzuek eraikitako objektua da, beste batzuek jotzen dutena eta tradizio zehatz baten barruan transmititzen dena.
Egurra, airea, behatzak eta arnasketa musikaren parte dira.
Gai hori bigarren mailakoa irudi daiteke ikuspegi hertsiki musikal batetik, baina funtsezkoa da ikuspegi antropologiko batetik. Kultura tradizional askotan, ezagutza ez dago liburuetan edo partituretan bakarrik gordeta. Gorputzetan dago gordeta. Zerbait egiten jakiten da ikusi delako, errepikatu delako, zuzendu delako eta praktikaren bidez barneratu delako. Gorputza artxibo bihurtzen da.
Horregatik ere, musika-tradizio baten desagerpena ez datza melodia jakin batzuk jotzeari uztean bakarrik. Keinuak, teknikak, arnasteko moduak, tresnak eraikitzeko moduak, hiztegiak, errepertorioak eta harreman sozialak galtzea ekar dezake, eta horiek nekez berreraiki daitezke transmisio-katea eten ondoren.
Txirulak, hain zuzen ere, mehatxu hori bizi izan zuen bizi izan zuen mundu soziala aldatu zenean.
Modernitatea ez zen ideia berriekin edo antolakuntza politiko eta ekonomiko berriekin bakarrik iritsi. Soinu-paisaia ere eraldatu zuen. Bolumen handiagoa, hedadura melodiko handiagoa eta aukera harmoniko berriak sortzeko gai ziren tresnak agertu ziren. Akordeoiak, klarineteak, metalezko tresnek eta musika-formazio berriek beste behar sozial batzuei erantzuten zieten. Dantza-mota berriak, aisialdi-modu berriak eta plazak eta jai-guneak hartzeko modu berriak lagundu zitzaketen.
Ez zen besterik gabe tresna batzuk beste batzuk baino musikalki hobeak izatea.
Gizartea aldatu zen, eta gizarte horrek zer soinu behar zituen erabakitzen zuen.
Bereizketa hori garrantzitsua da, txirularen historia instrumentuen segida soil gisa kontatzea eragozten duelako, non modernoak zaharra ordezkatzen duen teknikoki hobea delako. Kulturak ez dituzte objektuak uzten objektu hobeak agertzen direlako bakarrik. Zentzua ematen zieten praktikak aldatzen direnean ere uzten dituzte.
Dantza jakin batzuek musika jakin batzuk behar izan zituzten bitartean, ospatzeko modu jakin batzuk existitu ziren bitartean eta pertsona batzuek haietan beren bizitza komunaren zati bat ezagutzen zuten bitartean, txirulak funtzio bat izan zuen. Praktika horiek eraldatzen hasi zirenean, tresnaren beharra ere eraldatu zen.
Tresna tradizional batek fisikoki iraun dezake sozialki beharrezkoa izateari utzi eta askoz geroago.
Eta hori da edozein tradizioren unerik delikatuenetako bat.
Izan ere, kultura-transmisioa beharren kate baten mende dago. Norbaitek ikasi egiten du norbaitek irakasten duelako; norbaitek irakatsi egiten du jotzeko aukera bat existitzen delako; komunitateak musika hori ezagutzen du esperientzia partekatu baten parte delako. Katearen zati bat desagertzen denean, gainerakoak ahultzen hasten dira.
XX. mendean, txirulak eguneroko espazio horren zati bat galdu zuen. Baina orduan kultura tradizionaletan maiz aurkitzen dugun eraldaketa bat gertatu zen: ohiko praktika izandakoa ondare bihurtzen hasi zen.
Eta ondare bihurtzeak erregimen kulturala aldatzea esan nahi du.
Lehen bere biziraupenaz galdetu gabe egiten zen praktika bat behatzen, dokumentatzen, irakasten eta babesten hasten da, hain zuzen ere desagertu egin daitekeen beldurra dagoelako. Elkarteak, eskolak, artxiboak, grabazioak, ikerketak eta berreskuratze-proiektuak agertzen dira. Tradizioa bere buruari begiratzen hasten da.
Hau da kultura-ondarearen paradoxa sakonenetako bat: askotan zerbait gordetzen hasten gara erabat espontaneoa izateari uzten dionean.
Txirula gaur egun paradoxa horren barruan bizi da. Jada ez da soilik hura sortu zuen mundu sozialarena, baina ez da pieza arkeologiko bat ere. Interpretatzen jarraitzen da, dantzari eta zuberotar tradizioari lotuta jarraitzen du, eraikitzen jarraitzen da eta musika-testuinguru berrietan sar daiteke. Haren biziraupena, beraz, ez da iraganera itzultzea, iragan sozial hori jada ez baita modu berean existitzen.
Jokoan dagoena beste zerbait da: komunitate batek oinordetzan jasotako elementu batek berriro esanahia har dezan lortzeko duen gaitasuna.
Horregatik, txirula kontserbatzea ezin da tresnak kontserbatzera mugatu.
Harremanak kontserbatu behar dira.
Musikariaren eta dantzariaren arteko harremana. Egilearen eta interpretearen artekoa. Melodiaren eta festaren artekoa. Soinuaren eta lurraldearen artekoa. Belaunaldien artekoa. Eta baita tresnaren eta noiz jo behar duen zehazten duen egutegi sozialaren artekoa ere.
Tradizio bat bizirik mantentzen da oraindik haren ezagutza praktikan jar daitekeen egoerak existitzen direnean.
Horregatik, txirularen etorkizuna ez dago nahitaez duela mende batzuk zuen lekua zehazki berriro hartzearen mende. Mundu hura artifizialki erreproduzitzen saiatzeak tradizioa bere buruaren eszenifikazio bihur lezake. Gizarteak aldatu egiten dira eta tradizioak haiekin batera aldatzen dira. Garrantzitsua ez da eraldaketa hori eragoztea, baizik eta eraldaketak jatorrian duen memoria erabat haustea saihestea.
Txirula zaharra eta garaikidea izan daiteke aldi berean.
Akordeoiarekin, biolinarekin, beste tresna tradizional batzuekin edo musika esperimentalarekin elkarrizketan jar daiteke. Konposizio berrietan, soinu-ikerketako proiektuetan edo txirularen aukera tinbrikoak aztertzen dituzten sorkuntzetan ager daiteke. Historikoki izan zuen funtzioa aldi baterako alde batera utzi eta beste musika-forma batzuetarako material ere bihur daiteke.
Baina badago desberdintasun bat tradizio bat eraldatzearen eta hura zeinu soil gisa erabiltzearen artean.
Txirula soilik euskalarekin lotura azkarra sortzen duen tinbrea duelako erabiltzen bada, soinu-ikur huts moduko bat bihur daiteke. Kasu horretan soinuak bizirik irauten du, baina ezagutza desagertzen da. Kultura marka ezagun batera murrizten da.
Erronka beste zerbait da: tresnak esanahi berriak sortzea, bere existentzia azaltzen duten harremanak erabat galdu gabe.
Horretarako, ezagutu egin behar da.
Ezagutzeak ez du esan nahi haren melodiak jotzen ikastea bakarrik. Haiek zein gorputzek dantzatzen zituzten, zein espaziotan entzuten ziren, nork eraikitzen zituen tresnak, nola transmititzen ziren, festaren barruan zer leku hartzen zuten eta zein gizarte-eraldaketek azaltzen duten gaur egungo ondare-izaera ulertzea esan nahi du.
Orduan bakarrik bihur daiteke berrikuntza jarraitutasun eta ez soilik bereganatze estetiko.
Agian hau da txirulak eskaintzen dituen ikasgai handietako bat. Kultura-tradizioak ez dira belaunaldi batetik bestera osorik igarotzen diren objektu mugiezinak. Memoriaren eta orainaldiaren arteko negoziazio-prozesuak dira. Belaunaldi bakoitzak sortu ez duen zerbait jasotzen du eta erabakitzen du, modu gutxi-asko kontzientean, zer egin harekin. Utz dezake, errepika dezake, eraldatu edo esanahi berri bat eman diezaioke.
Txirulak eraldaketa horietako hainbat zeharkatu ditu.
Komunitateko praktika baten tresna izan zen; ondoren, lurralde bateko soinu bereizgarria; gero, musika-forma berriek baztertutako tresna; azkenik, berreskurapenaren, memoriaren eta sorkuntzaren objektu.
Baina etapa guztietan galdera bera mantendu da: soinuaren eta komunitatearen arteko harremana.
Horregatik, haren tamaina txikiak engainatu egiten du. Egurrezko zentimetro gutxi batzuen barruan denbora antolatzeko, espazioa hartzeko, elkartzeko eta elkar ezagutzeko moduak sartzen dira. Lurralde baten historia sozialaren zati bat sartzen da.
Txirula batek dantza batean berriro jotzen duenean, iragana ez da itzultzen. Iragana ez da itzultzen. Gertatzen dena interesgarriagoa da: beste garai bateko praktika batek haren existentzia emateko gai diren egungo gorputzak aurkitzen ditu berriro.
Musikariak arnasa hartzen du.
Behatzek zulo txikiak ireki eta ixten dituzte.
Airea soinu bihurtzen da.
Soinuak dantzariaren gorputza aurkitzen du.
Eta une batzuetan, liburuena soilik zirudien memoria bat praktika bihurtzen da berriro.
Agian hori da, azken batean, tradizio baten benetako biziraupena: ez berdin irautea, baizik eta pertsonen arteko harremanak ezartzeko gai izaten jarraitzea.
Norbaitek txirula bat eraikitzen duen bitartean, norbaitek haren musika ezagutzen duen bitartean, norbaitek ikasi nahi duen bitartean eta norbaiten gorputzak oraindik haren erritmoari erantzun diezaiokeen bitartean, tresnak oinordetzan jasotako objektu bat baino gehiago izaten jarraituko du.
Memoria sozialaren forma bat izaten jarraituko du.
Eta agian hor dago haren indarra: hiru zuloko txirula txiki batek gogoraraz diezagukeela kultura ez dagoela inoiz gordetzen ditugun gauzetan bakarrik, baizik eta oraindik elkarrekin egiteko gai garen horretan.
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