Genji: el resplandor y la pérdida (versión libre)

En la corte imperial de Heian, donde los palacios se escondían entre jardines de bambú y estanques cubiertos de lotos, donde las mujeres permanecían detrás de cortinas de seda y los hombres podían enamorarse de una voz sin haber contemplado jamás el rostro de quien la pronunciaba, nació Hikaru Genji, hijo de un emperador y de una dama de rango demasiado modesto para ocupar un lugar seguro entre las mujeres del palacio.

Su nacimiento fue celebrado por el soberano, pero no por quienes rodeaban a su madre, pues en aquella corte el afecto del emperador era un privilegio que despertaba tanto deseo como resentimiento, y la joven consorte, aunque amada por encima de otras mujeres de mayor linaje, no poseía la protección necesaria para defenderse de sus enemigos.

Genji era todavía demasiado pequeño para comprender aquellas rivalidades y solo conocía el mundo a través de la presencia de su madre, que era para él refugio, ternura y certeza, la persona cuya voz conseguía hacer desaparecer cualquier miedo y cuyos brazos parecían contener un mundo entero.

Una tarde de invierno, mientras la nieve cubría silenciosamente los tejados del palacio, Genji entró en la habitación donde su madre permanecía sentada junto a una ventana contemplando los jardines blancos. Ella lo llamó para que se acercara y, después de acariciarle el cabello durante unos instantes, le preguntó si le gustaba la nieve. Genji respondió que sí, porque cuando nevaba todo parecía más limpio, y añadió que, cuando desapareciera, solo tendría que esperar a que volviera.

Su madre sonrió con una tristeza que el niño no supo interpretar y le explicó que no todo volvía.

Genji la miró sorprendido y quiso saber por qué hablaba de aquella manera, pero ella no respondió; se limitó a estrecharlo contra sí, como si quisiera conservar para siempre el calor de aquel momento.

La enfermedad llegó poco después, y con ella comenzaron las visitas de los médicos, las voces apagadas de los sirvientes y las largas horas en las que Genji permanecía sentado junto a la puerta esperando que alguien le dijera que todo iba a mejorar. Sin embargo, nadie pudo darle aquella respuesta y, una mañana, la habitación quedó en silencio porque su madre había muerto.

Genji entró y miró alrededor con la desconcertada esperanza de quien todavía no entiende que una ausencia puede ser definitiva. Preguntó dónde estaba su madre, pero nadie respondió, y volvió a preguntar con mayor insistencia hasta comprender que había ocurrido algo que nadie podía reparar.

Aquella fue la primera vez que conoció la palabra nunca.

Desde aquel día, una parte de él quedó detenida en aquella habitación vacía y, aunque con los años aprendería a reír, a seducir, a tocar música y a moverse por la corte con la elegancia de un hombre que parecía destinado a poseerlo todo, en lo más profundo de su corazón seguiría buscando a la mujer que había perdido. Sin saberlo, convertiría aquella ausencia en la raíz secreta de todos sus amores.

Los años pasaron y Genji se convirtió en uno de los hombres más admirados de la corte, pues poseía una belleza extraordinaria y una educación perfecta, sabía componer versos, tocar el koto, pintar y conversar con ingenio y, sobre todo, poseía esa clase de encanto que hacía que una mujer pudiera enamorarse de él antes incluso de haber contemplado claramente su rostro.

Sin embargo, detrás de aquella brillantez permanecía una inquietud que ninguna admiración conseguía calmar, hasta que un día llegó a la corte una nueva consorte del emperador llamada Fujitsubo.

La primera vez que Genji la vio, apenas pudo distinguir su rostro entre las sombras de una cortina, pero bastó aquel breve instante para que sintiera algo que no podía explicar, porque en aquella mujer había un gesto, una manera de inclinar la cabeza y una suavidad en la mirada que despertaban en él el recuerdo de alguien que llevaba muchos años intentando olvidar.

Preguntó quién era aquella dama y, cuando escuchó el nombre de Fujitsubo, permaneció en silencio, pues de pronto comprendía por qué no podía apartar los ojos de ella: se parecía a su madre.

Desde entonces comenzó a buscar cualquier ocasión para encontrarse con Fujitsubo, aunque sabía perfectamente que aquel deseo era imposible, ya que ella pertenecía al emperador y además había despertado en él el recuerdo más íntimo y doloroso de su infancia.

Al principio fueron solamente miradas, poemas y encuentros breves en los que ninguno de los dos decía aquello que realmente estaba pensando. Una tarde, sin embargo, cuando Genji se acercó demasiado, Fujitsubo le pidió que tuviera cuidado, porque algunas cosas, una vez deseadas, ya no podían olvidarse. Genji le confesó entonces que quizá ya no podía evitar lo que sentía, y ella, después de guardar silencio durante unos instantes, le advirtió que, si seguía adelante, tendría que aprender a vivir con las consecuencias.

Pero Genji todavía no había aprendido a renunciar y, una noche, consiguió llegar hasta ella. Ambos sabían que estaban cruzando una frontera que jamás podrían deshacer y, aun así, ninguno encontró la fuerza necesaria para detenerse.

Después de aquella noche, Genji creyó durante un instante que había encontrado lo que buscaba desde la muerte de su madre; sin embargo, cuando nació el hijo secreto de aquella unión y el emperador lo recibió como suyo, descubrió que el deseo satisfecho podía ser más doloroso que el deseo imposible.

No podía reconocer al niño, no podía decirle que era su padre y tampoco podía vivir junto a Fujitsubo, de modo que terminó comprendiendo que había intentado recuperar a su madre en una mujer que nunca había sido ella.

Fujitsubo se alejó y Genji quedó solo, y aquella primera gran herida amorosa volvió a empujarlo hacia otras mujeres, como si en cada nuevo encuentro pudiera encontrar el consuelo que el anterior le había negado.

Fue entonces cuando conoció a Yugao, una mujer que no pertenecía al mundo brillante de los grandes palacios y las familias poderosas, sino que vivía en una casa sencilla junto a un muro sobre el que crecían unas delicadas flores blancas que parecían demasiado frágiles para sobrevivir en una ciudad acostumbrada a la intriga y al poder.

Genji se sintió atraído por aquella sencillez, quizá porque, después de Fujitsubo, necesitaba olvidar durante un tiempo todo aquello que hacía del amor una cuestión de rango, deber y culpa.

Cuando consiguió conocerla, Yugao le preguntó qué buscaba allí, y Genji respondió que simplemente había querido conocer a la mujer que vivía detrás de aquellas flores. Ella se mostró escéptica, porque había escuchado demasiadas veces a los hombres pronunciar palabras semejantes, y le hizo notar que quizá no era tan diferente de los demás como pretendía. Genji se echó a reír y le respondió que, si ella pensaba que no quería nada, quizá entonces él era más peligroso de lo que parecía.

Aquella conversación, sencilla y juguetona, hizo que ambos se sintieran cómodos, porque Yugao no lo trataba como al hijo del emperador ni como al hombre más hermoso de la corte, sino como a un desconocido al que todavía podía juzgar por sus palabras.

Durante unas semanas Genji creyó que había encontrado un lugar donde descansar de sí mismo, pero una noche, mientras Yugao dormía, despertó sobresaltado y vio junto a ella una figura femenina, silenciosa y terrible, cuyo rostro parecía expresar todo el resentimiento de alguien que había amado demasiado y había sido abandonado.

Genji intentó moverse, pero durante unos instantes permaneció paralizado; cuando la figura desapareció, volvió la mirada hacia Yugao y la llamó suavemente, esperando que abriera los ojos y se quejara de que la había despertado.

Ella no respondió.

Genji la tomó entre sus brazos y volvió a llamarla, primero con incredulidad y después con desesperación, pero su cuerpo se había vuelto inmóvil y frío.

La muerte de Yugao dejó en Genji una herida diferente de la que había sufrido con Fujitsubo, porque ahora no había sido el deseo imposible lo que había causado el sufrimiento, sino la fragilidad misma de aquello que había creído encontrar.

Por primera vez comenzó a sospechar que quizá todos sus amores estaban condenados desde el principio, no porque los astros o los espíritus lo hubieran decidido, sino porque él mismo era incapaz de permanecer mucho tiempo junto a aquello que amaba sin buscar otra cosa.

Y, sin embargo, la soledad terminó venciendo al miedo.

Fue entonces cuando apareció Murasaki.

La conoció cuando todavía era una niña, y lo que llamó su atención fue inmediatamente el parecido con Fujitsubo; sin embargo, había en aquella niña algo que ninguna de las otras mujeres había poseído: una personalidad propia, una inteligencia despierta y una manera de mirarlo que no estaba sometida a la fascinación que despertaba en los demás.

Cuando Genji le preguntó por qué lo miraba de aquella manera, ella respondió que era él quien llevaba demasiado tiempo mirándola y que, si lo hacía porque le recordaba a otra persona, debería dejar de mirarla como si fuera aquella persona.

Aquella respuesta lo sorprendió, porque por primera vez Genji comprendió que aquella niña no era un reflejo de nadie.

Con el paso de los años, Murasaki creció rodeada de música, poesía, pinturas y jardines, y Genji descubrió poco a poco que había dejado de verla como una imagen de Fujitsubo para verla simplemente como Murasaki. Ella era diferente, tenía sus propias opiniones, sus propias tristezas y sus propios silencios y, precisamente porque conocía las debilidades de Genji, fue también la mujer que más cerca estuvo de comprenderlo.

Una noche encontró una carta que otra mujer le había enviado y, en lugar de hacer una escena, simplemente dejó el papel sobre la mesa.

Genji la miró y trató de restarle importancia, asegurándole que no era lo que pensaba, pero Murasaki sonrió y le recordó que siempre decía lo mismo.

Él quiso saber si ya no confiaba en él, y ella respondió que confiaba en una cosa: en que era incapaz de dejar de buscar algo que ni siquiera sabía qué era.

Genji permaneció callado.

Murasaki se acercó a la ventana y, después de contemplar durante unos instantes el jardín, añadió que quizá él no buscaba realmente a otras mujeres, sino a alguien que había perdido muchos años atrás.

Genji sintió un estremecimiento, porque ella había comprendido aquello que él mismo apenas comenzaba a comprender.

Toda su vida había estado intentando regresar a un momento anterior a la muerte de su madre: había buscado a Fujitsubo porque se parecía a ella, había buscado en Yugao la inocencia que el mundo de la corte había destruido y había buscado en otras mujeres la juventud, el deseo y la admiración, pero Murasaki era diferente, porque con ella no quería regresar al pasado, sino permanecer en el presente.

Y por eso llegó a amarla de una manera que nunca había amado a nadie.

Pero incluso Murasaki estaba destinada a abandonarlo.

Los años pasaron casi sin que Genji se diera cuenta y la corte que había conocido en su juventud fue desapareciendo poco a poco, como desaparece un paisaje cuando se contempla desde un carruaje que se aleja; algunos amigos murieron, otras mujeres desaparecieron de su vida y los jóvenes que antes lo admiraban comenzaron a ocupar los lugares que él había ocupado.

Entonces Murasaki enfermó.

Al principio Genji quiso creer que se recuperaría y durante días se aferró a cualquier palabra de los médicos que pudiera interpretar como una promesa de esperanza, pero poco a poco comprendió que aquella enfermedad no era como las anteriores y que, por primera vez, no podía proteger a la persona que más amaba.

Genji permanecía junto a ella durante horas.

Una noche Murasaki abrió los ojos y lo encontró sentado a su lado, preguntándole con una sonrisa cansada si todavía seguía allí. Genji respondió que no tenía ningún otro lugar al que ir, y ella le recordó que siempre había pensado que podía protegerlo todo. Cuando él le dijo que a ella sí podía protegerla, Murasaki negó lentamente con la cabeza y le hizo comprender que existía una cosa contra la que ni siquiera él podía luchar.

Aquellas palabras devolvieron a Genji, de repente, a su infancia. Volvió a sentir la misma impotencia que había sentido ante la cama vacía de su madre, cuando todavía no comprendía por qué los adultos lloraban ni por qué nadie podía hacer que ella regresara, con la diferencia de que ahora comprendía perfectamente lo que estaba sucediendo y por eso el dolor era todavía más profundo.

Genji confesó que no quería perderla y que tampoco estaba preparado para despedirse de ella. Murasaki lo miró con una ternura tranquila y le respondió que nadie estaba preparado, porque la vida nunca preguntaba si estábamos preparados para perder aquello que amábamos.

Aquella noche Genji salió al jardín, donde la luna iluminaba el estanque y las flores de cerezo caían lentamente sobre el agua, llevadas por un viento suave que parecía borrar, una tras otra, las huellas de la primavera.

Genji se sentó junto al estanque y recordó toda su vida: su madre, Fujitsubo, Yugao, las mujeres que había amado, las mujeres que había abandonado y, finalmente, Murasaki.

Entonces comprendió que todas aquellas historias no habían sido episodios separados, sino diferentes formas de una misma búsqueda.

Había perdido a su madre y había pasado el resto de su vida intentando recuperar aquella pérdida; había amado a Fujitsubo porque le devolvía un rostro del pasado; había perdido a Yugao y había descubierto que incluso la inocencia podía desaparecer en una sola noche; había encontrado a Murasaki y, por primera vez, había dejado de buscar el pasado para querer conservar el presente.

Y ahora el presente estaba a punto de desaparecer también.

Genji miró la luna reflejada en el agua y, en ese mismo instante, una ráfaga de viento rompió el reflejo, haciendo que la imagen se deshiciera en pequeños fragmentos de luz.

Genji permaneció inmóvil.

La luna seguía en el cielo, pero su reflejo había desaparecido.

Entonces comprendió que quizá la memoria era así: no podía devolvernos aquello que habíamos perdido, pero podía conservar su forma durante un tiempo, como la luna que permanece en el cielo aunque su imagen tiemble y desaparezca sobre el agua.

Regresó junto a Murasaki.

Ella todavía estaba despierta y le preguntó si había luna. Genji le respondió que sí y, cuando ella quiso saber si era hermosa, él tomó su mano y le dijo que lo era mucho. Murasaki cerró los ojos y comentó que le habría gustado verla, y Genji sintió que las lágrimas le llenaban los ojos porque sabía que aquella era una de esas frases sencillas que, precisamente por ser tan sencillas, podían convertirse en un recuerdo para toda la vida.

Permaneció junto a ella durante toda la noche.

Cuando llegó el amanecer, Murasaki había muerto.

Genji no llamó a nadie ni pronunció palabra alguna, sino que permaneció sentado junto a ella, sosteniendo todavía su mano mientras la primera luz del día entraba lentamente por las ventanas.

Y en aquel momento comprendió finalmente lo que su madre había intentado enseñarle muchos años atrás: no todo vuelve, porque las personas que amamos desaparecen, la juventud desaparece, la belleza desaparece e incluso el recuerdo, con el tiempo, empieza a desvanecerse; pero precisamente por eso cada instante posee un valor que no puede repetirse.

Genji salió al jardín.

Las flores cubrían el suelo y la luna todavía podía verse débilmente en el cielo, aunque la luz del amanecer empezaba a borrarla.

Se detuvo junto al estanque y durante un instante vio su propio reflejo sobre el agua, pero después el viento volvió a mover la superficie y la imagen desapareció.

Genji no intentó recuperarla.

Por primera vez en su vida, dejó que algo se fuera sin perseguirlo.

Y siguió caminando, mientras detrás de él la luz de la mañana cubría lentamente el jardín y, con ella, borraba las últimas sombras de la noche.

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Comentarios

M
hace 8 días

Una forma muy bonita de describir que nada es eterno y hay que disfrutar de los pequeños momentos que te da la vida.