Euskera: memoria, territorio y porvenir
Hay lenguas que parecen habitar principalmente los libros y otras que permanecen ligadas a la tierra. El euskera pertenece, en buena medida, a estas últimas. Durante siglos fue una lengua que no necesitó monumentos para afirmar su existencia, porque su monumento era el propio territorio: los nombres de los montes, de los ríos y de los barrancos; las palabras con las que se distinguía un tipo de lluvia de otro; los nombres de los animales, de los árboles, de los vientos y de las labores del campo. Allí donde alguien pronunciaba aquellas palabras, el territorio adquiría una forma particular de ser visto.
Una lengua no se limita a nombrar el mundo: también lo organiza. Cada lengua establece determinadas relaciones entre las cosas, decide qué diferencias merece la pena distinguir, qué matices deben conservarse y qué experiencias necesitan una palabra propia. Por eso la desaparición de una lengua nunca consiste únicamente en sustituir unas palabras por otras. Cuando una lengua desaparece, desaparece también una determinada manera de ordenar la experiencia. En el caso del euskera, esa experiencia ha estado profundamente vinculada al territorio, porque durante generaciones el paisaje vasco fue también un paisaje lingüístico.
Los montes tenían nombre, pero esos nombres no eran simples etiquetas colocadas sobre un mapa. Eran parte de la memoria de quienes vivían allí. Un lugar podía recibir un nombre por su forma, por la vegetación que crecía en él, por un acontecimiento ocurrido allí, por una actividad que se realizaba en sus inmediaciones o por alguna característica que hoy quizá ya no resulte evidente. De este modo, la lengua iba escribiendo sobre el paisaje una historia que rara vez aparecía en los libros. Los nombres de lugar constituían una especie de archivo oral: un archivo que no necesitaba papel porque permanecía en la memoria y en la boca de la gente.
Y precisamente ahí aparece una de las dimensiones más profundas del euskera: su carácter de lengua oral. Antes de ser lengua escrita, antes de convertirse en materia escolar y antes de ser objeto de gramáticas y diccionarios, el euskera fue una lengua escuchada. Se aprendía escuchando a los mayores y se transmitía mientras se trabajaba, mientras se caminaba, mientras se cocinaba, mientras se cuidaba el ganado o se regresaba a casa al caer la tarde. La lengua llegaba mezclada con la vida y, por eso mismo, aprenderla significaba mucho más que memorizar palabras.
El niño aprendía una manera de contar, de saludar y de llamar a las personas; aprendía cuándo una frase era una broma y cuándo podía resultar ofensiva, qué palabras debían pronunciarse ante un desconocido y cuáles pertenecían a la intimidad de la casa. Aprendía canciones, refranes, cuentos, plegarias, insultos, fórmulas de cortesía y relatos sobre el pasado. Aprendía, en definitiva, una cultura. Por eso la transmisión intergeneracional constituye uno de los lugares esenciales para comprender la historia del euskera: una generación recibía de la anterior algo que no estaba escrito en ninguna parte, una manera de hablar y, con ella, una manera de relacionarse con el mundo.
Los abuelos no transmitían solamente vocabulario; transmitían memoria. Una memoria hecha de pequeños acontecimientos, de historias familiares, de nombres de personas desaparecidas, de lugares que habían cambiado y de trabajos que ya no existían. En cada conversación podía aparecer una parte de ese pasado, y la lengua era el recipiente en el que aquel pasado continuaba vivo. La memoria colectiva no está formada únicamente por los grandes acontecimientos que aparecen en los libros de historia. También está hecha de miles de recuerdos pequeños que solamente sobreviven porque alguien los cuenta.
Por eso, cuando una palabra antigua desaparece, quizá no desaparezca solamente una palabra. Puede desaparecer también la experiencia que hacía necesaria aquella palabra. Cuando deja de llamarse de una determinada manera a un lugar, puede perderse una pequeña parte de la historia de ese lugar; cuando una canción deja de cantarse, no desaparece solamente una melodía, sino una forma de recordar. La revitalización del euskera no puede entenderse, por tanto, solamente como una cuestión de número de hablantes. Es también una cuestión de memoria.
Pero la memoria, para seguir viva, necesita cambiar. Una cultura que únicamente quisiera conservarse idéntica acabaría convirtiéndose en una pieza de museo. La tradición no consiste en repetir exactamente lo que hicieron los antepasados, sino en recibir algo de ellos y encontrar la manera de hacerlo vivir en circunstancias nuevas. Y aquí aparece una de las grandes paradojas del euskera contemporáneo: para que la lengua pudiera sobrevivir, tuvo que cambiar el modo en que se transmitía.
Durante mucho tiempo, el principal camino hacia el euskera fue la familia. Después, cuando esa transmisión comenzó a debilitarse, aparecieron otros caminos: la escuela, la alfabetización, los movimientos culturales, los medios de comunicación, las instituciones y el aprendizaje de adultos. Una parte del euskera actual pertenece, por tanto, a personas que no lo heredaron de sus padres: lo aprendieron y, al aprenderlo, lo hicieron suyo.
Este hecho modifica profundamente el significado de la identidad lingüística. Durante mucho tiempo pudo parecer que una lengua pertenecía sobre todo a quienes la habían recibido como herencia familiar. Pero una lengua viva puede convertirse también en una elección. Puede ser adoptada por alguien cuya familia no la hablaba, por alguien llegado de otro lugar, por alguien que la descubre de adulto o por alguien que simplemente decide incorporarla a su vida. La identidad lingüística deja entonces de ser únicamente una herencia y se convierte también en una construcción.
Esto no significa que la memoria desaparezca. Significa que la memoria puede encontrar nuevos depositarios. Cada nuevo hablante recibe una lengua que tiene siglos de historia, pero la pronuncia desde su propio presente. Le incorpora sus experiencias, sus acentos, sus palabras y sus referencias culturales. De ese modo, el nuevo hablante no solamente conserva la lengua: también la transforma. Toda revitalización verdadera contiene esa transformación.
El euskera que habla una persona joven en una ciudad no puede ser exactamente el mismo que hablaba un campesino de hace doscientos años, y no tiene por qué serlo. Si una lengua está viva, tiene que poder hablar del mundo contemporáneo con la misma naturalidad con la que antiguamente hablaba del ganado, de los aperos, de la cosecha o del tiempo. Tiene que poder hablar de internet, de música, de ciencia, de política, de videojuegos, de inteligencia artificial y de cualquier otra realidad que forme parte de la experiencia de sus hablantes. Pero también debe conservar la capacidad de hablar de aquello que viene de lejos. Ese equilibrio entre memoria y renovación será una de las grandes cuestiones de su futuro.
Porque el euskera se encuentra hoy en una situación paradójica. Ha conseguido entrar en ámbitos que durante mucho tiempo le estuvieron vedados, pero al mismo tiempo puede perder terreno en espacios cotidianos que son menos visibles y quizá más decisivos. Puede existir en la administración y no en la conversación espontánea; puede existir en la escuela y no en el patio; puede existir en un acto cultural y no en la amistad; puede aparecer en los medios y desaparecer de determinadas familias.
Y una lengua necesita precisamente esos espacios aparentemente insignificantes. Necesita la conversación que no tiene ninguna importancia, la broma, el comentario al pasar, la discusión doméstica, la palabra cariñosa, la expresión que solamente entiende un grupo de amigos. Necesita ser la lengua que se utiliza cuando nadie está pensando en la lengua. Ese es quizá el punto decisivo: una lengua alcanza una forma profunda de normalidad cuando deja de ser percibida como una actividad cultural y vuelve a convertirse en una costumbre.
Cuando hablarla no requiere una explicación; cuando un joven no piensa que está «utilizando el euskera», sino simplemente hablando; cuando una familia puede cambiar de lengua sin sentir que está representando una identidad; cuando el euskera puede estar presente en la vida sin tener que aparecer constantemente como símbolo de sí mismo. Porque una lengua no puede vivir únicamente de su valor simbólico. Necesita también valor cotidiano: ser útil, pero también agradable; permitir la precisión y la intimidad, la ironía y la emoción, la conversación seria y la conversación absurda. Necesita ser una lengua en la que se pueda vivir.
Y ese vivir en la lengua está estrechamente relacionado con el territorio, aunque el territorio lingüístico ya no pueda entenderse como antiguamente. El euskera ya no pertenece exclusivamente a las montañas, a los caseríos o a determinadas comarcas. También pertenece a las ciudades, a las aulas y a los espacios digitales, y pertenece igualmente a las personas que han llegado desde otros lugares y a quienes lo aprendieron lejos de cualquier tradición familiar euskaldun. El territorio del euskera se ha transformado y, probablemente, tendrá que seguir transformándose.
Pero transformar el territorio lingüístico no significa romper la relación con el paisaje. Al contrario: en un mundo cada vez más urbanizado y digitalizado, recuperar esa relación puede adquirir una importancia nueva. Los nombres antiguos de los lugares, las palabras relacionadas con la naturaleza, los conocimientos tradicionales, las formas de reconocer el paisaje y las historias vinculadas a determinados lugares constituyen una memoria que el euskera puede seguir conservando. Porque el paisaje no es únicamente aquello que vemos; es también aquello que sabemos nombrar.
Un monte que tiene un nombre propio deja de ser simplemente una elevación del terreno y se convierte en un lugar de la memoria. Un camino cuyo nombre se ha transmitido durante generaciones contiene una historia. Un río nombrado por quienes viven junto a él forma parte de una comunidad. El euskera ha contribuido durante siglos a construir esa geografía de la memoria, y quizá una de las tareas de la revitalización futura consista precisamente en volver a escucharla: no para regresar al pasado, sino para descubrir cuánto pasado continúa escondido en el presente.
También será necesario recuperar la dimensión oral de la lengua. La modernización lingüística ha producido una lengua escrita poderosa, normalizada y capaz de desenvolverse en ámbitos cultos y especializados, pero una lengua no puede vivir solamente de la escritura. Necesita voz, conversación, narradores, canciones, humor y relatos que pasen de una persona a otra sin que nadie los haya escrito. Necesita esa pequeña corriente subterránea de la oralidad en la que una lengua se renueva constantemente.
Quizá por eso el futuro del euskera no se encuentre únicamente en las instituciones que lo protegen, sino también en las personas que lo utilizan sin pensar en protegerlo: en quienes lo hablan porque es la lengua de sus amigos; en quienes lo enseñan porque quieren que sus hijos puedan hablar con sus abuelos; en quienes lo aprenden porque desean pertenecer a un lugar; en quienes lo descubren y encuentran en él una forma nueva de nombrar su propia experiencia.
El futuro de una lengua no se decide solamente en las leyes. Se decide también en una cocina, en una plaza, en un bar, en un aula, en una canción y en una conversación entre dos jóvenes. Se decide cada vez que alguien escoge una palabra y esa palabra encuentra un oído dispuesto a recibirla. Por eso quizá la revitalización del euskera pueda entenderse como una segunda gran transmisión: la primera fue la que lo llevó de generación en generación durante siglos; la segunda es la que debe llevarlo hacia quienes todavía no lo han recibido.
Se trata de una transmisión más amplia, menos determinada por la sangre y más abierta a la elección; menos dependiente de la herencia familiar y más capaz de crear nuevas comunidades de hablantes. En esa transformación hay algo profundamente antropológico. La cultura no sobrevive porque permanezca inmóvil, sino porque encuentra cuerpos nuevos en los que continuar viviendo.
El euskera necesita esos cuerpos nuevos. Necesita niños que lo aprendan sin sentir que pertenece al pasado; jóvenes que lo conviertan en lenguaje de su propia generación; adultos que lo incorporen a ámbitos profesionales y cotidianos; ancianos que continúen transmitiendo palabras y relatos que de otro modo podrían perderse. Necesita, en definitiva, que las generaciones puedan reconocerse unas en otras a través de la lengua sin que ninguna tenga que hablar exactamente como la anterior.
Quizá ahí se encuentre el verdadero sentido de la transmisión intergeneracional: no entregar intacto el pasado, sino conseguir que el pasado pueda seguir hablando en el presente. El euskera ha sobrevivido porque hubo personas que lo hablaron cuando hablarlo parecía no tener ningún futuro. Hoy su futuro depende de algo diferente: de que nuevas generaciones encuentren en él un futuro propio.
No basta con conservar una lengua; hay que darle lugares donde vivir. No basta con conocer sus palabras; hay que llenarlas de experiencias nuevas. No basta con recordar de dónde viene; hay que permitirle llegar a algún lugar que todavía no conocemos. Tal vez el porvenir del euskera dependa precisamente de esa tensión entre memoria y creación: de conservar los nombres del paisaje y, al mismo tiempo, inventar nombres para el mundo que viene; de escuchar la voz de los antepasados sin quedar encerrados en ella; de recibir la lengua como herencia y, al mismo tiempo, tener la libertad de transformarla.
Porque una lengua es memoria, pero no solamente memoria. Es también posibilidad. Y mientras haya alguien dispuesto a pronunciar una palabra antigua para nombrar una cosa nueva, mientras una generación pueda entregar a la siguiente no solamente las palabras que recibió sino también las que acaba de inventar, el euskera continuará haciendo aquello que ha hecho durante siglos: convertir un territorio en memoria, la memoria en relato, el relato en identidad y la identidad en una voz capaz de seguir hablando hacia el futuro.
Euskara: memoria, lurraldea eta etorkizuna
Badira batez ere liburuetan bizi direla diruditen hizkuntzak, eta badira lurrari lotuta jarraitzen duten beste batzuk. Euskara, neurri handi batean, azken horietakoa da. Mendeetan zehar, bere existentzia baieztatzeko monumenturik behar izan ez zuen hizkuntza izan zen, bere monumentua lurraldea bera baitzen: mendien, ibaien eta erreken izenak; euri mota bat beste batetik bereizteko erabiltzen ziren hitzak; animalien, zuhaitzen, haizeen eta landa-lanetako jardueren izenak. Norbaitek hitz haiek ahoskatzen zituen lekuan bertan, lurraldeak ikusia izateko modu jakin bat hartzen zuen.
Hizkuntza bat ez da mundua izendatzera mugatzen: antolatu ere egiten du. Hizkuntza bakoitzak gauzen arteko harreman jakin batzuk ezartzen ditu, bereiztea merezi duten aldeak zein diren erabakitzen du, zein ñabardura gorde behar diren eta zein esperientziak behar duten hitz propio bat. Horregatik, hizkuntza baten desagerpena ez datza inoiz hitz batzuk beste batzuekin ordezkatzean bakarrik. Hizkuntza bat desagertzen denean, esperientzia antolatzeko modu jakin bat ere desagertzen da. Euskararen kasuan, esperientzia hori lurraldeari lotuta egon da sakonki, belaunaldiz belaunaldi euskal paisaia paisaia linguistikoa ere izan delako.
Mendiek izena zuten, baina izen haiek ez ziren mapa baten gainean jarritako etiketa soilak. Han bizi zirenen memoriaren parte ziren. Leku batek izen bat har zezakeen bere formagatik, bertan hazten zen landarediagatik, han gertatutako gertaera batengatik, haren inguruan egiten zen jarduera batengatik edo gaur egun agian begi-bistakoa ez den ezaugarriren batengatik. Horrela, hizkuntza paisaiaren gainean idazten joaten zen, liburuetan gutxitan agertzen zen historia bat. Leku-izenak ahozko artxibo moduko bat ziren: paperik behar ez zuen artxibo bat, jendearen memorian eta ahoan irauten zuelako.
Eta hain zuzen hor agertzen da euskararen dimentsiorik sakonenetako bat: ahozko hizkuntza izatea. Idatzizko hizkuntza izan aurretik, eskolako gai bihurtu aurretik, gramatiken eta hiztegien objektu izan aurretik, euskara entzundako hizkuntza izan zen. Nagusiei entzunez ikasten zen. Lanean ari zela, oinez zebilela, sukaldatzen ari zela, ganadua zaintzen ari zela edo arratsaldea iluntzean etxera itzultzen ari zela transmititzen zen. Hizkuntza bizitzarekin nahastuta iristen zen eta, horregatik beragatik, hura ikasteak hitzak buruz ikastea baino askoz gehiago esan nahi zuen.
Haurrak kontatzeko, agurtzeko eta pertsonei deitzeko modu bat ikasten zuen; esaldi bat noiz zen txantxa eta noiz izan zitekeen iraingarria ikasten zuen, ezezagun baten aurrean zein hitz esan behar ziren eta zein etxeko intimitatekoak ziren. Abestiak, atsotitzak, ipuinak, otoitzak, irainak, adeitasun-formulak eta iraganari buruzko kontakizunak ikasten zituen. Kultura bat ikasten zuen, azken batean. Horregatik, belaunaldien arteko transmisioa euskararen historia ulertzeko funtsezko guneetako bat da: belaunaldi batek aurrekoarengandik inon idatzita ez zegoen zerbait jasotzen zuen, hitz egiteko modu bat eta, harekin batera, munduarekin harremanak izateko modu bat.
Aitona-amonek ez zuten hiztegia soilik transmititzen; memoria transmititzen zuten. Gertakari txikiz, familia-istorioz, desagertutako pertsonen izenez, aldatutako lekuez eta jada existitzen ez ziren lanez egindako memoria. Elkarrizketa bakoitzean iragan haren zati bat ager zitekeen, eta hizkuntza iragan hura bizirik jarraitzen zuen ontzia zen. Memoria kolektiboa ez dago historiako liburuetan agertzen diren gertakari handiez soilik osatuta. Norbaitek kontatzen dituelako soilik bizirik irauten duten milaka oroitzapen txikiz ere egina dago.
Horregatik, hitz zahar bat desagertzen denean, agian ez da hitz bat bakarrik desagertzen. Hitz hura beharrezkoa egiten zuen esperientzia ere desager daiteke. Leku bati modu jakin batean deitzeari uzten zaionean, leku horren historiaren zati txiki bat gal daiteke; abesti bat kantatzeari uzten zaionean, ez da melodia bat bakarrik desagertzen, gogoratzeko modu bat baizik. Euskararen biziberritzea, beraz, ezin da ulertu hiztun kopuruaren auzi gisa soilik. Memoriaren auzia ere bada.
Baina memoriak, bizirik jarraitzeko, aldatu egin behar du. Bere burua berdin-berdin gorde nahi duen kultura museo-pieza bihurtuko litzateke azkenean. Tradizioa ez datza arbasoek egin zutena zehazki errepikatzean, haiengandik zerbait jaso eta egoera berrietan biziarazteko modua aurkitzean baizik. Eta hemen agertzen da gaur egungo euskararen paradoxa handietako bat: hizkuntzak bizirik iraun ahal izateko, transmititzeko modua aldatu behar izan zuen.
Denbora luzez, euskararako bide nagusia familia izan zen. Gero, transmisio hori ahultzen hasi zenean, beste bide batzuk agertu ziren: eskola, alfabetatzea, kultur mugimenduak, komunikabideak, erakundeak eta helduen ikaskuntza. Egungo euskararen zati bat, beraz, gurasoengandik jaso ez zuten pertsonena da: ikasi egin zuten eta, ikastean, beren egin zuten.
Gertaera horrek sakonki aldatzen du hizkuntza-identitatearen esanahia. Denbora luzez, hizkuntza batez ere familia-ondare gisa jaso zutenena zela pentsa zitekeen. Baina hizkuntza bizia aukera ere bihur daiteke. Familia hizkuntza hori hitz egiten ez zuen norbaitek har dezake, beste leku batetik iritsitako norbaitek, heldutan aurkitzen duen norbaitek edo, besterik gabe, bere bizitzan txertatu nahi duela erabakitzen duen norbaitek. Hizkuntza-identitatea, orduan, herentzia izateari uzten dio soilik eta eraikuntza ere bihurtzen da.
Horrek ez du esan nahi memoria desagertzen denik. Memoriak gordailari berriak aurki ditzakeela esan nahi du. Hiztun berri bakoitzak mendeetako historia duen hizkuntza bat jasotzen du, baina bere orainalditik ahoskatzen du. Bere esperientziak, bere azentuak, bere hitzak eta bere kultura-erreferentziak eransten dizkio. Horrela, hiztun berriak ez du hizkuntza soilik gordetzen: eraldatu ere egiten du. Benetako biziberritze orok eraldaketa hori du bere baitan.
Hiri batean gazte batek hitz egiten duen euskara ezin da duela berrehun urteko nekazari batek hitz egiten zuenaren guztiz berdina izan, eta ez du zertan izan. Hizkuntza bat bizirik badago, gai izan behar du gaur egungo munduaz hitz egiteko, antzina ganaduaz, lanabesez, uztaz edo eguraldiaz hitz egiten zuen naturaltasun berarekin. Interneti, musikari, zientziari, politikari, bideo-jokoei, adimen artifizialari eta hiztunen esperientziaren parte den beste edozein errealitateri buruz hitz egiteko gai izan behar du. Baina urrutitik datorren hartaz hitz egiteko gaitasuna ere gorde behar du. Memoriaren eta berrikuntzaren arteko oreka hori bere etorkizuneko auzi handietako bat izango da.
Euskara gaur egoera paradoxiko batean dagoelako. Luzaroan debekatuta edo itxita izan zituen esparruetan sartzea lortu du, baina, aldi berean, eguneroko espazioetan, hain ikusgarriak ez diren eta agian erabakigarriagoak direnetan, lekua gal dezake. Administrazioan egon daiteke eta ez elkarrizketa espontaneoan; eskolan egon daiteke eta ez patioan; kultur ekitaldi batean egon daiteke eta ez adiskidetasunean; komunikabideetan ager daiteke eta familia jakin batzuetatik desagertu.
Eta hizkuntza batek, hain zuzen ere, itxuraz hutsalak diren espazio horiek behar ditu. Garrantzirik ez duen elkarrizketa behar du, txantxa, pasatzeko iruzkina, etxeko eztabaida, hitz maitagarria, lagun-talde batek bakarrik ulertzen duen adierazpena. Inor hizkuntzan pentsatzen ari ez denean erabiltzen den hizkuntza izan behar du. Hori da agian erabakigarria: hizkuntza batek normaltasun sakoneko forma bat lortzen du jarduera kultural gisa hautematen uzten dionean eta ohitura bihurtzen denean berriro.
Hitz egiteak azalpenik behar ez duenean; gazte batek «euskara erabiltzen» ari dela pentsatzen ez duenean, hitz egiten ari dela baizik; familia batek hizkuntzaz alda dezakeenean identitate bat ordezkatzen ari dela sentitu gabe; euskara bizitzan presente egon daitekeenean bere buruaren sinbolo gisa etengabe agertu beharrik gabe. Hizkuntza bat ezin baita bere balio sinbolikotik soilik bizi. Eguneroko balioa ere behar du: erabilgarria izatea, baina baita atsegina ere; zehaztasuna eta intimitatea, ironia eta emozioa, elkarrizketa serioa eta elkarrizketa absurdoa ahalbidetzea. Bizi ahal izateko hizkuntza bat izan behar du.
Eta hizkuntzan bizitze hori estuki lotuta dago lurraldearekin, nahiz eta lurralde linguistikoa lehen bezala ulertu ezin den. Euskara jada ez dagokie soilik mendiei, baserriei edo eskualde jakin batzuei. Hiriei, ikasgelei eta espazio digitalei ere badagokie, eta beste leku batzuetatik iritsi diren pertsonei eta familiako tradizio euskaldunik gabe ikasi zutenei ere bai. Euskararen lurraldea aldatu egin da eta, ziurrenik, aldatzen jarraitu beharko du.
Baina lurralde linguistikoa aldatzeak ez du esan nahi paisaiarekiko harremana haustea. Aitzitik: gero eta urbanizatuagoa eta digitalizatuagoa den mundu batean, harreman hori berreskuratzeak garrantzi berria har dezake. Lekuen izen zaharrek, naturarekin lotutako hitzek, ezagutza tradizionalek, paisaia ezagutzeko moduek eta leku jakin batzuekin lotutako istorioek euskarak gordetzen jarrai dezakeen memoria osatzen dute. Paisaia ez baita soilik ikusten duguna; izendatzen dakiguna ere bada.
Izen propioa duen mendi batek lurraren goragune hutsa izateari uzten dio eta memoriaren leku bihurtzen da. Belaunaldiz belaunaldi transmititu den izena duen bide batek historia bat dauka bere baitan. Haren ondoan bizi direnek izendatutako ibaia komunitate baten parte da. Euskarak mendeetan zehar lagundu du memoriaren geografia hori eraikitzen, eta agian etorkizuneko biziberritzearen zereginetako bat geografia hori berriro entzutea izango da: ez iraganera itzultzeko, baizik eta orainean zenbat iragan ezkutatzen den aurkitzeko.
Beharrezkoa izango da, halaber, hizkuntzaren ahozko dimentsioa berreskuratzea. Modernizazio linguistikoak hizkuntza idatzi indartsu, normalizatu eta esparru jaso eta espezializatuetan moldatzeko gai dena sortu du, baina hizkuntza bat ezin da idazketatik bakarrik bizi. Ahotsa, elkarrizketa, kontalariak, abestiak, umorea eta pertsona batetik bestera inork idatzi gabe igarotzen diren kontakizunak behar ditu. Ahozkoaren lurpeko korronte txiki hori behar du, hizkuntza etengabe berritzen den horretan.
Agian horregatik, euskararen etorkizuna ez dago hura babesten duten erakundeetan bakarrik, baita hura babesteaz pentsatu gabe erabiltzen duten pertsonengan ere: beren lagunen hizkuntza delako hitz egiten dutenengan; seme-alabek aitona-amonekin hitz egin ahal izatea nahi dutelako irakasten dutenengan; leku batekoak izan nahi dutelako ikasten dutenengan; eta hura aurkitu eta beren esperientzia izendatzeko modu berri bat aurkitzen dutenengan.
Hizkuntza baten etorkizuna ez da legeetan soilik erabakitzen. Sukalde batean, plaza batean, taberna batean, ikasgela batean, abesti batean eta bi gazteren arteko elkarrizketa batean ere erabakitzen da. Norbaitek hitz bat aukeratzen duen bakoitzean eta hitz horrek hura jasotzeko prest dagoen belarri bat aurkitzen duen bakoitzean erabakitzen da. Horregatik, agian, euskararen biziberritzea bigarren transmisio handi gisa uler daiteke: lehenengoa mendeetan zehar belaunaldiz belaunaldi eraman zuena izan zen; bigarrena oraindik jaso ez dutenengana eraman behar duena da.
Transmisio zabalagoa da, odolak hainbeste zehazten ez duena eta aukerari irekiagoa; familia-herentziaren mende gutxiago dagoena eta hiztun-komunitate berriak sortzeko gaiagoa. Eraldaketa horretan badago zerbait sakonki antropologikoa. Kultura ez da bizirik irauten mugitu gabe mantentzen delako, baizik eta bizitzen jarraitzeko gorputz berriak aurkitzen dituelako.
Euskara gorputz berri horien beharrean dago. Iraganari dagokiola sentitu gabe ikasiko duten haurrak behar ditu; beren belaunaldiaren hizkuntza bihurtuko duten gazteak; lanbideko eta eguneroko esparruetan txertatuko duten helduak; bestela galduko liratekeen hitzak eta kontakizunak transmititzen jarraituko duten adinekoak. Behar du, azken batean, belaunaldiek hizkuntzaren bidez elkarrengan beren burua ezagutu ahal izatea, inork aurreko belaunaldiak bezala hitz egin beharrik izan gabe.
Agian hor aurkitzen da belaunaldien arteko transmisioaren benetako zentzua: iragana osorik ematea ez, baizik eta iraganak orainean hitz egiten jarrai dezan lortzea. Euskara bizirik iraun du hitz egiten zuten pertsonak egon zirelako, hitz egiteak etorkizunik ez zuela ematen zuenean ere. Gaur egun, haren etorkizuna beste zerbaiten mende dago: belaunaldi berriek bertan beren etorkizuna aurkitzea.
Ez da nahikoa hizkuntza bat kontserbatzea; bizitzeko lekuak eman behar zaizkio. Ez da nahikoa haren hitzak ezagutzea; esperientzia berriez bete behar dira. Ez da nahikoa nondik datorren gogoratzea; oraindik ezagutzen ez dugun leku batera iristea ahalbidetu behar zaio. Agian euskararen etorkizuna, hain zuzen ere, memoria eta sorkuntzaren arteko tentsio horren mende dago: paisaiaren izenak gordetzearen eta, aldi berean, datorren mundurako izenak asmatzearen mende; arbasoen ahotsa entzun eta haren barruan itxita ez geratzearen mende; hizkuntza herentzia gisa jasotzearen eta, aldi berean, hura eraldatzeko askatasuna izatearen mende.
Hizkuntza bat memoria delako, baina ez memoria bakarrik. Aukera ere bada. Eta hitz zahar bat gauza berri bat izendatzeko ahoskatzeko prest dagoen norbait dagoen bitartean, belaunaldi batek hurrengoari jasotako hitzak ez ezik asmatu berri dituenak ere emateko gai den bitartean, euskarak mendeetan zehar egin duena egiten jarraituko du: lurralde bat memoria bihurtzen, memoria kontakizun, kontakizuna identitate eta identitatea etorkizunera hitz egiten jarraitzeko gai den ahots.
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