Beltz

Elegía para un perro compañero

No sé en qué momento un perro deja de ser un perro y empieza a formar parte de la casa, del paisaje, de las costumbres pequeñas que uno ya no sabe que tiene.

Quizá ocurre sin que nos demos cuenta.

Un día levantas la vista y él está ahí, echado junto a la puerta, con su cuerpo negro extendido sobre el suelo, el pecho blanco como una mancha de luna y los pies blancos, grandes, tranquilos, como si hubiera caminado desde muy lejos para quedarse contigo.

Era un cruce extraño y hermoso, mitad mastín, mitad labrador, y entero compañero.

Tenía del mastín aquella manera de ocupar el mundo sin pedir permiso, la gravedad de los perros que parecen haber nacido sabiendo que deben vigilar algo, aunque nadie les haya dicho qué.

Y tenía del labrador la alegría sencilla, la confianza inmediata, esa forma de mirar que no pregunta demasiado porque para un perro que ama estar junto a ti ya es una respuesta.

Durante años fue siguiendo nuestros pasos. No hacía falta llamarlo.

Sabía cuándo salíamos, cuándo volvíamos, cuándo estábamos tristes aunque intentáramos ocultarlo, cuándo había llegado la hora de caminar.

Conocía el sonido de las puertas, el ruido de las llaves, el lugar donde dejábamos las cosas, la hora de comer, la hora de dormir. Pero sobre todo conocía nuestra presencia.

Y nosotros conocíamos la suya.

A veces bastaba con oír sus pasos por el pasillo para saber que todo estaba bien. A veces levantaba la cabeza desde su rincón y nos miraba durante unos segundos, sin pedir nada.

Aquella mirada decía algo que nosotros nunca aprendimos a decir tan bien:

Estoy aquí.

Y estuvo.

Estuvo en los días buenos y en los días que no lo fueron.

Estuvo en las mañanas luminosas y en las tardes interminables.

Estuvo cuando la casa estaba llena de voces y cuando solo quedaba el silencio.

Estuvo cuando nosotros teníamos tiempo para él y cuando íbamos demasiado deprisa.

Nunca nos reprochó nuestras ausencias. Nunca llevó cuenta de los días. Para él cada regreso era suficiente.

Cada vez que abríamos una puerta volvía a recibirnos como si hubiéramos regresado de una larga travesía.

Tal vez esa sea una de las cosas que más duelen ahora: saber que ya no habrá nadie detrás de la puerta.

Que las llaves podrán sonar y no habrá un cuerpo grande levantándose con esfuerzo.

Que podremos pronunciar su nombre y la casa no responderá.

Porque una casa sin un perro que la habita no queda completamente vacía.

Queda llena de su ausencia. Quedan sus lugares. El rincón donde dormía. La puerta junto a la que esperaba.

El espacio bajo la mesa. La sombra que proyectaba sobre el suelo.

Quedan incluso sus silencios.

Y, de pronto, descubrimos cuántas cosas hacía sin hacer nada.

Estar tumbado era una forma de acompañarnos. Dormir era una forma de velar la casa.

Mirarnos era una forma de decirnos que no estábamos solos. Ahora comprendo que no caminábamos con él. Era él quien caminaba con nosotros.

Durante todos aquellos años fuimos creyendo que nosotros lo cuidábamos, que nosotros le dábamos alimento, refugio y un lugar donde dormir.

Y era verdad.

Pero también él nos cuidaba. Nos obligaba a salir cuando preferíamos quedarnos dentro. Nos enseñaba que una mañana cualquiera podía ser suficiente.

Que un camino conocido podía recorrerse otra vez. Que la lluvia podía olerse.

Que el sol podía quedarse un rato sobre la piel. Que la felicidad, muchas veces, no tiene ninguna grandeza.

Puede ser simplemente un perro negro corriendo por un camino, con el pecho blanco balanceándose al respirar y sus cuatro pies blancos levantando polvo.

Puede ser una cabeza apoyada contra nuestras piernas. Una cola golpeando el suelo.

Un hocico buscando nuestra mano. Puede ser el calor de su cuerpo junto al nuestro
en una noche fría.

Y ahora que se ha ido entendemos que aquellas cosas pequeñas eran las grandes cosas.

Quizá él nunca supo que lo llamábamos compañero. No necesitaba saberlo.

Para él éramos simplemente su gente. Su casa. Su manada.

Y por eso no quiero recordarlo solamente el día de su muerte.

Quiero recordarlo vivo. Quiero verlo otra vez como era: grande, negro, poderoso, con aquella blancura en el pecho y aquellos pies que parecían demasiado grandes para su cuerpo.

Quiero recordarlo avanzando delante de nosotros y volviéndose de vez en cuando para comprobar que seguíamos allí.

Quiero recordar sus carreras. Sus esperas. Sus enfados. Sus alegrías.

La manera en que ocupaba una habitación entera sin hacer ruido.

Quiero recordar aquella mirada suya, seria y dulce al mismo tiempo, como si hubiera comprendido algo sobre nosotros que nosotros mismos tardamos años en comprender.

Y quiero pensar que, en algún lugar de nuestra memoria, sigue caminando.

No como una imagen detenida, sino como caminaba de verdad: despacio cuando quería esperarnos, rápido cuando algo despertaba su alegría, con el cuerpo entero entregado al movimiento.

Quizá todos los perros que hemos amado continúan de alguna manera por los caminos que nos enseñaron.

Quizá siguen allí, un poco más adelante, esperando que lleguemos.

Y si es así, sé que él estará entre ellos.

Negro contra el horizonte. El pecho blanco. Los pies blancos sobre la tierra. Esperando.

No con tristeza.  No preguntando cuánto hemos tardado. Simplemente esperando,
como esperó siempre.

Porque los perros no entienden de despedidas. Entienden de regresos.

Y nosotros, que sí sabemos lo que significa la muerte, tendremos que aprender a vivir con esta última ausencia.

Pero mientras podamos recordarlo, mientras su nombre siga pronunciándose,
mientras alguien vuelva a hablar de aquel perro grande que caminaba a nuestro lado,
no estará del todo lejos.

Porque un compañero no desaparece cuando deja de caminar.

Desaparece mucho después, cuando nadie recuerda que caminó contigo. Y eso no sucederá.

Caminarás con nosotros todavía.

En los caminos. En la casa. En las tardes. En el silencio junto a la puerta.

Y, sobre todo, en ese lugar secreto donde guardamos a quienes nos enseñaron, sin palabras, que querer a alguien también consiste en acompañarlo hasta el final.

Adiós, compañero. Buen perro. Has hecho tu camino. Ahora descansa.

Nosotros seguiremos andando. Y cuando miremos hacia atrás no veremos solamente que te has ido.

Veremos también todo el camino que hiciste a nuestro lado.

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Comentarios

Flash
hace 9 días

What a handsome dog. Sorry he passed away.

Anne
hace 9 días

How very true that is. A priest in our church always said: "Every dog that has been loved by a human has a soul".

Elena
hace 9 días

Precioso, muy poético y conmovedor. Nuestra labradora nos dejó hace seis años pero sigue en nuestro corazón y en nuestros pensamientos. Annie🐾 ha vuelto a estar junto a mí mientras leía este bonito relato. Gracias.

Unai
hace 9 días

Maravilloso relato. Lo suscribo totalmente.